lunes, 29 de septiembre de 2008

Aromas de Temporada


Motivada por un extraño padecimiento (que sufro desde niña), decidí escribir este texto. Y es que digo un extraño padecimiento porque es eso más que nada. Resulta que desde niña he tenido los sentidos muy desarrollados (o al menos eso quiero que sea), ya que hasta ahora que tengo veintitrés años puedo recordar ciertos aromas que marcaron mi niñéz, por ejemplo: el aroma del caucho del chupón de mi mamila, las flores que crecían en el jardín trasero de mi casa, el aliento de los gatitos recién nacidos, eso angustia a mi madre que piensa que pasé por un grave trauma y por eso recuedo tan vivamente esos aromas, pero no, y la más grande prueba de ello es que también recuerdo olores de las siguientes épocas de mi vida. Lo que no me gusta de esta pseudopatología es los aromas que me recuerdan temporadas que regresan a las vidas de todos una y otra vez como las cuatro estaciones, para ser más claros: esa extraña transición entre la temporada de otoño al invierno. Sé que todavía faltan tres meses para que eso suceda, pero según me lo explican mis sentidos, esto se adelanta cada vez más, es decir: esta sensación no obedece al calendario sino a los cambios climatológicos de nuestro planeta (por supuesto que eso no me lo dicen mis sentidos pero es la respuesta que yo les tengo). Algo tienen esas estaciones del año que provocan que algunas personas nos sintamos solos inexplicablemente (yo tengo una familia de seis). Hay un no se qué en el aire y si nos asomamos a la ventana, reina un vacío misterioso en el que ni los pajaros que vivieron en nuestro árbol favorito se quedaron (he ahí mi interpretación del adelanto de las estaciones del año). Los mamíferos que nos rodean (en mi caso mi gata) duermen mucho, y a nosotros se nos reseca la piel. Como muestra de algo semejante relato aquí las ceremonias que rendimos los mexicanos a principios de noviembre a nuestros muertos, consiste en acondicionar un altar en el que se colocan fotografías y cosas que a nuestro muerto le gustaban, entre estas cosas hay: comida, bebidas, dulces y pan de muerto (llamado así porque su decoración se basa en unos huesitos hechos de harina de pan y puestos sobre la pieza). Todos estos aromas sin que sea noviembre hacen que el mexicano promedio rememoré tales festejos. Otro claro ejemplo es cuando el aire huele a invierno. Y no es nada más que huela, si no que se siente, hasta el sol es más tenue, el viento se hace helado, las nubes viajan a mayor velocidad, todo cambia. Lo que explicaba como algo que no me gusta, es que yo lo asocio todo a viejas vivencias, y siendo una persona con fobia social e intentando vivir nuevas experiencias, este recurso que me proveen mis sentidos es casi una maldición que me recuerda situaciones por las que ya he pasado y a las que no necesito regresar.