sábado, 15 de junio de 2013

Manira

Recientemente, al ver a la hija de una amiga (amiga que es más grande que yo, por si se lo preguntaban) recordé las manías que cometemos en la adolescencia, porque la hijita de mi amiga es adolescente y aunque ha pasado tiempo que dejé de serlo, la niña me recordó a mi, porque había cosas tan similares en mi vida, sobre todo mis amigas. Recuerdo que en la secundaria, una escuela pública del Distrito Federal, había variados tipos de mujercitas, las clásicas chicas que atraían a todos porque estaban bastante más desarrolladitas que otras, las reventadas que al terminar la secundaria no estudiarían más (quizá ahorita tengan varios hijos), siguen las deportistas, que la mayoría de las veces eran malas en las demás clases, las exageradamente sozas pues no tenían alguna característica que las distinguiera, y, finalmente las weirdas, grupo al que pertenecían la mayoría de mis amigas y -orgullosamente- yo. Éste grupo era sumamente interesante porque había una niña que escribía cuentos, otra que se especializaba en una especie de diseño gráfico, otra que se empeñaba en ser nerd, una que hacía muy bonitos dibujos orientales y yo, que creaba novelas de amor apasionado.
Me encantaban las historias de amor, y sobra decir que a pesar de hacer tórridos relatos, aún no tenía acercamiento al sexo masculino, o al menos a otro sexo que me produjera dichas sensaciones, lo menciono, porque quizá de esa manera habría podido lograr avances en ese sentido en mis textos quizá ganando concursos o siendo invitada a participar en algo, en cambio, mi amiga Marina -que era la chica que dibujaba y sólo había tomado un año de dibujo en su anterior secundaria- había dominado ya tantas técnicas de dibujo que continuamente era ganadora de concursos en diversas categorías, ella tenía talento innato. Precisamente por ella recuerdo que cuando éramos adolescentes, a México no había llegado tan fuerte la moda de los Mangas, los cómics gringos tenían tanto tiempo que recuerdo que con ellos aprendí a leer los signos de admiración, el ánime también tenía tiempo aquí, pero los mangas eran muy escasos, y los que había estaban los más traducidos a un inglés muy parco y los más se habían quedado en el idioma en el que se habían producido directamente, para que Marina pudiera leer uno de esos pasaban meses en que llegaban a México, a veces no llegaba la saga completa y ella se quedaba sin leer el resto de la trama, situación muy frustante, para esos momentos, el internet empezaba a utilizarse para la vida diaria, pero digámos que se parecía un poco más a la Deep Web, casi nadie navegaba y menos para subirlos mangas a la red. Marina no era tan clavada como la hija de mi amiga (que todo lo quiere decir en japonés, chino o algun lenguaje derivado de la mala pronunciación mexicana), pero si coleccionaba videojuegos, figuras de acción y hasta muñequitos, creatividad que vive en ella hasta ahora, (al final de esta entrada dejaré un link para que puedan ver a qué se dedica mi amiguita actualmente).
Ella me prestaba sus mangas de parejitas, que casi no existían, estaba el boom de Dragon Ball y las cositas cariñositas no vendían, me gustaban los originales porque se tenían que leer de atrás para adelante, Marina una vez me regañó porque empecé viendo el final. 
Muy seguido me la encuentro en cosas extrañas, como en un museo lejano de nuestras respectivas casitas, en remates de libros, en ferias de libros, cosas raras que creo seguirán acompañandonos por haber pertenecido al grupo de las "Raritas" de la secundaria en la cual nos conocimos siendo niñas.



ACLARACIÓN:
Esta entrada se llama Manira porque yo le decía así cuando eramos muy cercanas, no es un error de dedo, ahora no somos tan cercanas pero siempre que nos vemos sentimos que no ha pasado el tiempo. Si quieren saber más de ella, visiten este link, ¡hace cosas bien bonitas jeje y las vende!

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